En el marco del Jueves Santo, día en que se conmemora la Última Cena del Señor, el obispo diocesano, + Jorge Concha Cayuqueo, OFM, presidió una significativa y emotiva liturgia en el Centro de Cumplimiento Penitenciario Femenino de Temuco. En ese contexto, realizó el tradicional gesto del lavado de pies a un grupo de internas, signo profundo de servicio, humildad y dignidad humana.
La celebración contó con la participación del padre Giglio Linfati, integrantes de la pastoral carcelaria y personal de Gendarmería, quienes acompañaron.
Durante su mensaje, el obispo dirigió palabras de esperanza y consuelo a las internas, recordándoles con cercanía que Dios no las abandona, camina con ustedes cada día, conoce su historia y su dolor, incluso en los momentos más oscuros, su amor permanece fiel.
Las animó a no perder la esperanza, subrayando que, aun en medio de las dificultades, siempre es posible volver a comenzar desde la misericordia de Dios.
En un ambiente de recogimiento y profunda espiritualidad, elevó también una oración por las familias de las internas, sus hijos, padres, amistades, para que encuentren fortaleza, serenidad y consuelo en este tiempo. En este sentido, destacó que la misericordia de Dios alcanza todos los rincones, incluso aquellos donde la libertad parece limitada, pero donde el corazón sigue anhelando redención y vida nueva.
Asimismo, el obispo oró por una justicia verdaderamente humana, que actúe con responsabilidad, respeto por la dignidad de cada persona y sin dilataciones innecesarias. También tuvo palabras de reconocimiento para los funcionarios de Gendarmería y todos quienes trabajan en los recintos penitenciarios, pidiendo a Dios que los fortalezca en su servicio cotidiano.
Jueves Santo en la Catedral
Al atardecer, en el Templo Catedral de Temuco, el obispo presidió la Eucaristía junto al Pbro. José Manuel González, vicario general, junto a numerosos fieles.
En su homilía, profundizó en el significado del Jueves Santo, destacando la institución de la Eucaristía como memorial vivo de la Pascua del Señor. Recordó que, en la Última Cena, Jesús, en la noche en que iba a ser entregado, amó hasta el extremo a los suyos, dejando tres grandes dones para la Iglesia: la Eucaristía, el sacerdocio y el mandamiento del amor.
El obispo explicó que el gesto del lavado de pies es una enseñanza concreta de vida cristiana: “Jesús, siendo el Señor, se pone a los pies de sus discípulos. No mira desde arriba, sino desde abajo. Él mismo nos muestra que la verdadera grandeza está en servir, en amar sin condiciones, en ponerse al lugar del otro”.
Profundizando en esta idea, agregó: “Si yo, que soy el Señor, les he lavado los pies, también ustedes deben hacerlo unos a otros. Es una invitación a cambiar nuestra manera de mirar: no desde la superioridad, sino desde la humildad; no desde el poder, sino desde el servicio. Mirar desde abajo hacia arriba, como lo hace Jesús, transforma el corazón y hace más auténtica nuestra fe”.
Insistió en que el nuevo mandamiento ,“ámense unos a otros como yo los he amado”, es un camino exigente que implica entrega, generosidad y, muchas veces, sacrificio.
Luego, realizó el gesto del lavado de pies a miembros de la comunidad parroquial del Sagrario, reforzando el llamado a vivir una fe encarnada en el servicio concreto. Posteriormente, los fieles participaron de la Hora Santa, en adoración al Santísimo Sacramento.



























