Diócesis de Temuco

Compromiso con la paz en un ambiente de exacerbada violencia

La crudeza de la guerra en Medio Oriente vuelve a estremecer la conciencia del mundo. Las imágenes que nos llegan dan cuenta de la crudeza de la violencia de la guerra en sus consecuencias inmediatas: pérdidas de vidas humanas, desplazamientos forzados de enteras poblaciones, destrucción material por doquier; también consecuencias prácticamente globales de nerviosismo, incertidumbre y temor en la economía, con repercusiones también globales y que afectan al mundo entero. No se puede soslayar el riesgo de una escalada más generalizada con uso de armas nucleares, con consecuencias insospechadas, quizás inmanejables e irreversibles. Tampoco se puede ignorar el dato histórico, que enseña que las heridas profundas que dejan las guerras en los pueblos tardan generaciones en sanar. Todo nos da cuenta que la paz es un fruto precioso pero frágil cuando no se cuida con decisión y responsabilidad.

Pero la violencia no es ajena a nuestra realidad más cercana. También en nuestro país vivimos días marcados por hechos que debieran preocuparnos y ocuparnos, más allá de una simple constatación. Desde muy cerca nos hemos enterado del crimen de una joven estudiante en nuestra ciudad de Temuco; los episodios de violencia extrema en diversos colegios del país y la agresión física y muy violenta a una ministra de la república en una universidad. La violencia a distintos niveles no está del todo desconectada del clima polarizado de nuestra sociedad. Clima polarizado que reclama por estos mismos hechos de dolor más diálogo, más búsqueda compartida, más acuerdos de solución a los diversos problemas que nos afectan. 

En medio de los tiempos que vivimos, marcados por tensiones, conflictos, divisiones y violencia de diversa índole, que desgarran a pueblos enteros, surge con fuerza el anhelo profundo de paz y para ello la urgencia por disponerse efectivamente a ser constructores de paz. En nuestros días, una vez más, es una necesidad urgente de la humanidad. Porque la paz no es simplemente un sentimiento ni la ausencia de conflictos. La paz es un camino que se construye día a día con gestos concretos de respeto, diálogo y solidaridad. Nace cuando reconocemos en el otro a un hermano, cuando dejamos de lado el odio y optamos por el encuentro. Es una tarea que compromete a todos: autoridades, comunidades, familias y cada persona de buena voluntad. Cada vida humana tiene un valor infinito y ninguna causa justifica el sufrimiento de los más vulnerables.

El Papa León XIV ha llamado insistentemente a hacer oración a Dios por la paz, para que este don precioso surja con fuerza y creatividad desde los hombres y mujeres que se la juegan por ella y en todos. Su voz se une al clamor de millones de personas que observan con preocupación cómo la vida está siendo destruida por el flagelo de la guerra, en un mundo que necesita reencontrarse como fraternidad. Como creyentes, sabemos que la oración es una fuerza poderosa, pero también es un compromiso para vivir la paz en nuestros ambientes cotidianos. 

El Evangelio nos recuerda que Cristo resucitado se presentó a sus discípulos diciéndoles: “La paz esté con ustedes”. Palabras del Señor pronunciadas en medio del miedo y la incertidumbre, y así como a los discípulos los llenó de consuelo y esperanza, eso mismo nos transmite hoy a nosotros. 

Para ser constructores de paz, como Cristo lo propone en las Bienaventuranza, supone ponerse en camino, que se hace con perdón, amor, con nueva conciencia de una vida nueva, que siempre es posible con la ayuda de Dios. Las convicciones que nos vienen de la fe se fortalecen y se unen a los anhelos profundos de humanidad que hay en los hombres y mujeres. Que el saludo del Resucitado: “la paz esté con ustedes”, se convierta en cada uno en fuerza, misión y esperanza para bien de todos.


+Jorge Concha Cayuqueo, OFM
Obispo Diócesis San José de Temuco