Cada primero de mayo, al conmemorar el Día del Trabajo, la Iglesia se une a esta conmemoración haciendo presente el ejemplo de San José Obrero. Él trabajó con sus manos y desde su taller de carpintero fue un custodio fiel de la familia conformada por Jesús y María. Hombre trabajador y sencillo, justo y fiel, encargado de sostener con amor a su familia santa.
San José, el carpintero de Nazaret, nos enseña que el trabajo no es solo un medio de subsistencia, sino una expresión profunda de la vocación humana. En su taller, entre maderas y herramientas, fue formando con paciencia y ternura el hogar donde creció el Hijo de Dios. Su ejemplo nos recuerda que toda labor, por pequeña o invisible que parezca, tiene un valor inmenso cuando se realiza con amor, responsabilidad y entrega.
Cada primero de mayo damos gracias a Dios por los hombres y mujeres que, día a día, se esfuerzan por sacar adelante a sus familias. Trabajadores de distintos ámbitos, muchos de ellos en condiciones difíciles, que con sacrificio y perseverancia contribuyen al bien común. No podemos no asociarlos al rostro de San José, más aún cuando hacen de su trabajo una misión de servicio. Porque así es: todo trabajo honesto tiene una dimensión de servicio al conjunto, a la comunidad, aunque tantas veces no es así reconocido.
De manera especial, es imperioso reconocer, valorar y agradecer el trabajo de tantas mujeres que, con valor y amor, sostienen sus hogares. Muchas mujeres llevan el peso del trabajo, el cuidado de los hijos, el acompañamiento de los suyos y la vida cotidiana del hogar, y, como desgraciadamente lo vemos con tanta frecuencia, no exentas de violencia, hasta extrema. Son verdaderos testimonios de entrega y fortaleza: no abandonan a sus hijos, enfrentan dificultades, desigualdades, soledad, levantando a sus familias sembrando futuro, se esfuerzan con esperanza y animan a vivir con esperanza a los demás. Ojalá que en nuestra sociedad se generen iniciativas que signifiquen condiciones más justas, equitativas y respetuosas de su dignidad, que reconozcan y premien el esfuerzo y la entrega.
En este tiempo que vivimos, es una necesidad urgente hacer posible la creación de fuentes de trabajo: la cesantía, la precariedad laboral, las injusticias y la falta de oportunidades, impiden que las personas se desarrollen plenamente y vivan con dignidad. El trabajo dignifica a las personas individualmente y a sus familias. El trabajo es camino de crecimiento humano, de participación social, y de fortalecimiento de la familia.
En José, Jesús y María reconocemos el valor del trabajo, del esfuerzo diario y de la fidelidad en lo pequeño. Que San José Obrero interceda por todos los trabajadores en los más variados ámbitos del trabajo; una atención particular por la mujer trabajadora. Que todos aprendamos a confiar en Dios, como lo hizo José, en momentos de dificultades y de incertidumbre, y que Dios mismos nos ayude a descubrir que el trabajo cotidiano puede ser un camino de santidad.









