Diócesis de Temuco

Pentecostés renueva la esperanza

La celebración de Pentecostés nos invita a volver la mirada al acontecimiento maravilloso en que el Espíritu Santo descendió sobre los apóstoles reunidos en el Cenáculo junto a la Virgen María y a otros discípulos, hombres y mujeres. “Todos quedaron llenos del Espíritu Santo”, dice el libro de los Hechos de los Apóstoles. Quienes antes sentían miedo, estaban tristes y encerrados, fueron transformados por la fuerza del amor de Dios y salieron con valor y alegría a anunciar a Jesús. Pero Pentecostés no es solo un acontecimiento del pasado: es una gracia viva y actual para toda la Iglesia y para que el bien que genera trascienda fronteras.

En nuestro tiempo, en el mundo, en Chile, en nuestra región, ¿acaso muchas personas no se sienten también atemorizadas, inseguras y como paralizadas? Se espera la paz para tantos lugares, y no llega; la violencia parece diversificarse de tantas formas. Se requiere entendimiento con verdad y justicia para construir sobre bases sólidas y duraderas, y hay sordera y falta de diálogo. La incertidumbre, la violencia y la división parecieran incontrastables, propagando desesperanza. El sufrimiento en muchas personas y los signos de malestar no parecieran importar, y ni se ven ni se escuchan.

Claramente, así como ese grupo de hombres y mujeres reunidos en el Cenáculo, necesitamos ser sorprendidos y despabilados por la acción del Espíritu Santo, y que nos renueve interiormente, nos fortalezca en la fe y nos ayude a enfrentar los desafíos de la vida en nuestro tiempo. Se necesita una mirada, una escucha, un entendimiento y acciones nuevas para salir de lógicas gastadas e inconducentes.

El Espíritu Santo hace nuevas todas las cosas y fortalece el buen espíritu de los hombres y mujeres; con él se vence al mal espíritu que busca dominar también desde el interior. En muchos lugares, y también en nuestra región, es necesario que surja algo nuevo para enfrentar los prolongados y graves problemas; con urgencia, se necesita superar la sordera, la ceguera o la visión parcial para hacer caminos nuevos, fruto del buen espíritu.

En Pentecostés fueron los hombres quienes se dieron a entender, acontecimiento signo de superación de cerrazones, nacionalismos y exclusión, lo que permitió forjar y fortalecer la unidad y la misión de la comunidad. El Espíritu actuó en ellos para bien de todos, y así lo sigue haciendo: actúa a través de los hombres y mujeres de hoy. Necesitamos que el Espíritu Santo haga nuevas, si no todas las cosas, al menos las necesarias para la renovación y el bien de todos.

La promesa de Jesús se cumplió en Pentecostés y sigue dando alegría, consuelo y todos sus dones al que lo quiera recibir, siendo el amor el más importante y elevado, que hace más plena la vida e inspira solidaridad, fraternidad y esperanza; pero hay que disponerse a la acción del Espíritu, con valor, pureza y humildad de corazón, para dejarse inspirar e iluminar por él. El Espíritu, con sus dones, fortalece la vida interior, transforma la vida del hombre y la mujer, y puede transformar la sociedad.

+Jorge Concha Cayuqueo, obispo de la Diócesis San José de Temuco