Vivimos en una sociedad que parece haber convertido el éxito, la competencia y la productividad en los principales indicadores del valor de las personas. Se nos exige demostrar permanentemente que somos capaces, eficientes y autosuficientes. En medio de ese ritmo vertiginoso, aumentan la ansiedad, la soledad, el cansancio emocional y la sensación de que nunca es suficiente. Paradójicamente, cuanto más creemos tener el control, más frágiles nos descubrimos.
En este contexto, el Evangelio de san Mateo (11, 25-30) resuena con una fuerza extraordinaria. Jesús dirige primero una oración al Padre: “Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque, habiendo ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes, las has revelado a los pequeños.” No se trata de un rechazo al conocimiento ni a la inteligencia, sino de una invitación a reconocer que la verdadera sabiduría nace de un corazón humilde, abierto a Dios y dispuesto a aprender. Los “pequeños” son quienes saben que necesitan del Señor y no se dejan dominar por la soberbia ni por la ilusión de bastarse a sí mismos.
Nuestra sociedad necesita recuperar esa actitud de sencillez. Con frecuencia confundimos información con sabiduría, poder con autoridad y éxito con felicidad. Tenemos acceso a enormes cantidades de conocimiento, pero muchas veces carecemos de la capacidad para escuchar, dialogar, comprender al otro y descubrir el sentido profundo de la vida. El progreso material no siempre ha ido acompañado de un crecimiento espiritual y humano.
Luego, Jesús pronuncia una de las invitaciones más conmovedoras del Evangelio: “Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y Yo los aliviaré.” Es una promesa dirigida a quienes cargan el peso de las preocupaciones familiares, las dificultades económicas, la enfermedad, la incertidumbre laboral, la violencia, las divisiones sociales y las heridas interiores. Son palabras que hoy mantienen plena vigencia, porque el cansancio que experimenta nuestra sociedad no es solamente físico; es también moral, afectivo y espiritual.
Cristo no promete una existencia sin dificultades. Él propone un camino distinto para enfrentarlas: “Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón.” Su yugo no esclaviza; libera. Su enseñanza no oprime; orienta. Su autoridad no se impone por la fuerza, sino por el amor y el servicio.
Quizás el mayor desafío de nuestro tiempo sea volver a descubrir que la paz no nace de acumular bienes, prestigio o poder, sino de vivir reconciliados con Dios, con los demás y con nosotros mismos. Una sociedad que olvida la humildad termina exaltando el individualismo; una comunidad que aprende de Cristo descubre que la solidaridad, la compasión y la esperanza son capaces de aliviar las cargas compartidas.
El Evangelio de este domingo nos recuerda que Dios sigue revelándose a los corazones sencillos y continúa invitando a todos los cansados a acercarse a Él. En un mundo marcado por la prisa y la incertidumbre, la voz de Jesús permanece vigente y esperanzadora: solo quien aprende de su paciencia, de su humildad y de su amor encuentra el verdadero descanso que tanto anhela el corazón humano.
+Jorge Concha Cayuqueo, obispo Diócesis San José de Temuco










