Cada mes de julio, el corazón creyente de nuestro país vuelve su mirada hacia la Virgen del Carmen, Madre, Reina y Patrona de Chile. Su fiesta no es solo una tradición profundamente arraigada en nuestra historia, sino también una oportunidad para renovar la confianza en quien, desde hace generaciones, acompaña el caminar de nuestro pueblo en los momentos de esperanza, de alegría y también en las horas más difíciles.
Este año la celebración adquiere un significado excepcional. Conmemoramos el centenario de la coronación de la Virgen del Carmen como Madre, Reina y Patrona de Chile, un acontecimiento que marcó profundamente la vida de la Iglesia en nuestra nación. Hace cien años, los católicos chilenos expresaron públicamente su amor y confianza en María, reconociendo en ella a una madre que nunca abandona a sus hijos y que siempre conduce a Cristo.
Al cumplirse este centenario, la Santa Sede ha querido regalar a todos los fieles un don espiritual extraordinario: la Indulgencia Plenaria para quienes participen con auténtica devoción en las celebraciones de este año jubilar, cumpliendo las condiciones habituales de confesión sacramental, comunión eucarística y oración por las intenciones del Papa. Es una invitación a acercarnos una vez más a la misericordia de Dios y a renovar nuestra vida cristiana, dejando atrás aquello que nos aleja del Evangelio para comenzar de nuevo con un corazón reconciliado.
Esta será una verdadera fiesta nacional de acción de gracias. No solo recordaremos un hecho que sucedió hace cien años, sino que renovaremos el compromiso de vivir como discípulos de Jesucristo bajo el amparo de su Madre y madre nuestra. Porque la Virgen del Carmen no pertenece únicamente al pasado; continúa siendo un signo de esperanza para el presente y un faro que ilumina el futuro de nuestra patria.
Hoy Chile enfrenta desafíos profundos. Cuesta hacer caminos que conduzcan a superar las dificultades económicas, la violencia, la incertidumbre, entre otras, porque sobreabundan divisiones, y eso, desgraciadamente, es fuente de frustración. No se pueden desconocer los innumerables servicio y gestos de solidaridad que emergen de la sociedad organizada, de instituciones públicas y privadas, de comunidades, barrios, familias, algunas veces silenciosamente, que contribuyen a mantener el espíritu en alto y la esperanza. Esto último es lo mejor de la vida de nuestro pueblo.
La celebración de este centenario es una oportunidad, y también un llamado, a poner en las manos de María las necesidades, dolores y esperanzas de Chile. Ella conoce el esfuerzo de quienes sufren por la enfermedad, la pobreza, la soledad, sabe de los anhelos y esperanzas de un país más justo y fraterno para todos y conoce también del esfuerzo de quienes trabajan por el verdadero bien común.
Bajo su manto cabemos todos. La Virgen del Carmen nos recuerda que somos una sola familia y que el camino de la reconciliación comienza cuando aprendemos a mirarnos como hermanos. Ella nos anima a no perder la fe ni la esperanza y a seguir construyendo una sociedad donde la dignidad de cada persona sea respetada y el amor tenga siempre la última palabra.
Virgen del Carmen, acompaña a tu pueblo, protege a nuestras familias, fortalece nuestra esperanza y sigue guiando el caminar de Chile por senderos de paz, justicia y fraternidad.
+Jorge Concha Cayuqueo, OFM










