Los incendios forestales que hoy golpean con tanta fuerza a nuestras regiones —especialmente en el Bio Bio, Ñuble y también en nuestra Araucanía -. Una tragedia más, que de nuevo nos pone frente a la pérdida de vida de diversas especies animales, de vegetales y, lo más grave, de vidas humanas. Nos llenan de dolor y nos hacen preguntas profundas sobre nuestra responsabilidad como chilenos y como seres humanos. Este nuevo drama, ya repetido tantas veces, imposible que nos deje indiferentes.
Junto a los daños inmediatos y muy dolorosos, lo sucedido nos hace preguntarnos acerca de las raíces profundas que hacen que nuestra tierra – la creación entera – se muestre tan alterada y los efectos de esta alteración se vuelvan contra la vida misma. La Palabra de Dios nos recuerda muchas veces que la creación no nos pertenece como dueños, sino que sólo nos ha sido confiada. “Del Señor es la tierra y cuanto hay en ella” (Sal 24,1). La tierra, el agua, los bosques, los animales, la vida humana y cada forma de vida son parte de la obra amorosa de Dios. El libro del Génesis, dice: “El Señor Dios tomó al hombre y lo puso en el jardín del Edén para que lo cultivara y lo cuidara” (Gn 2,15). El hombre es administrador y su desempeño frente a la obra de Dios tiene límites, exige que su desempeño, incluso sobre su propia existencia, sea en línea con el sentido que le ha dado el Creador y Señor de la vida. Cuando causamos daño o descuidamos la obra de la creación, no solo alteramos la naturaleza, sino alteramos y dañamos directa o indirectamente la vida misma. Cuidar la naturaleza es una misión sagrada.
Hoy queremos elevar nuestra oración especial por las familias que han perdido a sus seres queridos, sus hogares, sus fuentes de trabajo. Y animamos a hacer efectiva la solidaridad, según las posibilidades de cada uno, hacia quienes hoy están sufriendo.
También es necesario asumir con responsabilidad nuestro accionar frente a la tierra y toda la obra creada con respeto, cuidado y hasta con cariño; es decir, con actitud y comportamiento propio de seres humanos frente a la creación entera. Expresión de nuestra responsabilidad son también las medidas de prevención; no esperar que ocurran desgracias porque muchas veces pueden ser previstas y actuar en consecuencia y evitar conductas negligentes. También en tiempos de bonanza se debería promover una cultura del respeto hacia la naturaleza. Y a nivel más profundo, lo que sucede nos debe mover a todos a una conversión ecológica urgente. Nuestra Casa Común está herida, y cada uno de nosotros puede ser parte de su sanación.
Que el Espíritu Santo nos conceda un corazón sensible, capaz de proteger la vida en todas sus formas. Que desde la fe y el compromiso solidario, colaboremos para reconstruir y que pongamos esperanza allí donde hay desolación.








