En la Solemnidad de Jesucristo Rey del Universo, la porción del Pueblo de Dios que peregrina por estas tierras de La Araucanía celebra 100 años de la creación de la Diócesis San José de Temuco, erigida por el Papa Pío XI en 1925, el mismo Pontífice que en el mismo año instituyó esta fiesta para recordar que Cristo es el Señor de la historia, de la humanidad y de nuestras vidas.
El Papa Pío XI quiso que Cristo iluminara a la Iglesia en tiempos complicados, recordando a los fieles que, aunque «su reino no es de este mundo» (Jn 18,36), Él transforma el mundo desde el amor, la humildad y la verdad. Justamente, el Evangelio de este domingo nos recuerda la crucifixión del Señor (cfr. Lc 23, 35 – 43), porque Él reina desde la entrega de su vida por amor en la cruz. Hoy, un siglo
después, su luz sigue siendo más necesaria que nunca para el caminar de la Iglesia y el mundo.
Cristo reina desde la cruz, donde entregó su vida para que tengamos vida y vida en abundancia (cfr. Jn 10,10). Su Resurrección es la corona gloriosa que nos abre el camino de la esperanza y nos asegura que su amor reina por encima de todo poder humano. Y el Apóstol nos transmite confianza al recordarnos que el Padre: «nos libró del dominio de las tinieblas y nos trasladó al reino de su Hijo amado» (Col 1, 13).
Al celebrar nuestro centenario, reconocemos con gratitud que Cristo ha pastoreado con misericordia y fidelidad a nuestra comunidad diocesana. Su presencia viva ha sido la fuerza que sostiene nuestro caminar y nos seguirá enseñando lo que debemos hacer.
Quisiera expresar un profundo agradecimiento a todas las personas que, en estos 100 años, han dado vida a nuestra Iglesia: sacerdotes, diáconos, religiosas y religiosos, laicos comprometidos, catequistas, misioneros, profesores, agentes de pastoral, y tantas comunidades que han entregado su tiempo, su fe y su amor para que el Evangelio se siembre en esta tierra. Gracias por su entrega silenciosa, constante y fiel, que ha permitido que la Palabra de Dios llegue a muchos hombres y mujeres en los más diversos rincones de La Araucanía.
Este centenario no es solo un recuerdo: es una invitación a un nuevo comienzo. Un llamado a la unidad, porque somos un solo Cuerpo en Cristo y ese testimonio es un servicio al mundo; un llamado a la misión, porque hay sed de esperanza y Cristo da sentido a la vida; un llamado a renovar la fe, para ser auténticos discípulos de Jesús y ser sal y luz que sirvan a la vida y hacer más presente el Reino de Dios.
Que Cristo Rey siga reinando desde el corazón y alcance a todos en esta hermosa tierra de La Araucanía y nos siga guiando en el tiempo que viene como Iglesia centenaria y siempre misionera.









