El Evangelio de este domingo (Mateo 22, 15-21) presenta una escena en la que los fariseos intentan poner a prueba a Jesús con una pregunta sobre el pago de los impuestos al César. Le tienden una trampa a Jesús. Buscan comprometerlo, obligándolo a tomar una posición frente al poder político y las obligaciones de la sociedad. Sin embargo, Jesús responde con una sabiduría que trasciende la discusión de su tiempo: «Den al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios».
Esta enseñanza, lejos de limitarse a una cuestión tributaria, invita a reflexionar sobre la responsabilidad de cada persona en la construcción de la vida común y sobre aquello que verdaderamente otorga sentido a la existencia humana.
En la sociedad actual, marcada por las tensiones políticas, las desigualdades económicas, la polarización y la desconfianza hacia las instituciones, las palabras de Jesús adquieren una especial relevancia. La convivencia exige respetar las leyes, cumplir los deberes ciudadanos y contribuir al bien común. Cada persona tiene una responsabilidad en la construcción de una sociedad más justa, donde los derechos sean respetados y las obligaciones se asuman con honestidad.
Sin embargo, Jesús recuerda que ninguna autoridad humana puede ocupar el lugar de Dios ni estar por encima de la dignidad de las personas. Dar a Dios lo que es de Dios significa reconocer que cada ser humano posee una dignidad que no depende de su condición social, sus ingresos, sus creencias o su lugar de origen. La vida humana también es de Dios, no puede reducirse simplemente a cifras, impuestos, productividad o intereses económicos.
Por eso, dar al César lo que le corresponde también implica preguntarse cómo se ejerce el poder, cómo se administran los recursos públicos y de qué manera las decisiones políticas y económicas contribuyen al bienestar de todos. Una sociedad verdaderamente desarrollada garantiza condiciones dignas de vida para todos, en especial para los más frágiles.
La fe que parte del corazón o de las profundidades de la persona se expresa en el mundo de nuestras relaciones, con decisiones en la vida cotidiana, en la familia, en el trabajo, en el compromiso con la comunidad, en el conjunto de la sociedad de la que somos parte (mundo, país, región, comuna) y en el compromiso particular respecto de quienes son excluidos o no tienen voz.
La pregunta de Jesús continúa interpelando a cada persona sobre qué lugar ocupa Dios en las propias decisiones y qué espacio se concede al bien de los demás. Como miembros de la sociedad a la que pertenecemos nos corresponde cumplir responsablemente las normas de esa sociedad y como creyente, además, tenemos la responsabilidad de la coherencia con el amor que la pertenencia a Cristo nos reclama.
Dar a Dios lo que es de Dios, significa reconocerlo en cada hermano y hermana, especialmente, en quienes sufren. Porque una sociedad más humana comienza cuando cada persona comprende que sus deberes no terminan en el cumplimiento de la ley, sino que se prolongan en el compromiso de amar, servir y construir esperanza.
+Jorge Concha Cayuqueo










