El Evangelio según San Mateo (22, 34-40) presenta una de las enseñanzas fundamentales de Jesús, Maestro y Señor; una respuesta que, a pesar del paso de los siglos, continúa interpelando profundamente la vida de las personas y la misión de la Iglesia.Cuando un fariseo, maestro en las leyes del antiguo pueblo de Dios (mandamientos y normas que eran más de seiscientas), le pregunta para ponerlo a prueba cuál es el mandamiento más grande, Jesús responde con claridad admirable e inapelable: el primero y más importante es amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente; y el segundo, semejante al primero, amar al prójimo como a uno mismo. De estos dos mandamientos dependen todos los demás (la Ley y los Profetas).
De paso, la sabiduría de Jesús ofrece el camino admirable que da sentido a la existencia humana. La unidad de estos dos mandamientos Jesús, el Hijo de Dios, lo expresa aún con más claridad cuando dice que el que reconoce y atiende a un necesitado —en las diversas formas por las que una persona puede pasar necesidad—, a él mismo lo reconoce y a él mismo lo atiende (cf. Mateo 25, 40-45).
La experiencia del amor a Dios se reconoce en la experiencia del amor al prójimo: en las relaciones con los demás, con los semejantes y con la creación entera, a a través de actitudes, decisiones y formas de relacionarnos. Es decir, el amor a Dios no puede quedarse solamente en palabras, declaraciones o celebraciones. La fe y el amor auténticos se expresan en la capacidad de perdonar, de escuchar, de compartir y de tender la mano a quien atraviesa momentos de dolor, soledad o necesidad.
Basado en esta enseñanza, Juan, en su carta, dirá con mucha claridad: «Si alguien dijera: “Amo a Dios”, pero odia a su hermano, sería un mentiroso, porque quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve.
Este es el mandamiento que recibimos de él: que quien ama a Dios, ame también a su hermano» (1 Jn 4, 20-21). Y el mismo Juan dejará esta hermosa y categórica frase: «Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es Amor» (1 Jn 4, 8).
El amor cristiano exige cercanía, compromiso y una disposición sincera para construir comunidades más fraternas y solidarias. En nuestro contexto, cada una de nuestras comunidades tiene una historia, una riqueza particular —principalmente humana— y la oportunidad de seguir ofreciendo acogida con respeto y cariño. Es la Iglesia que se hace presente para escuchar, servir y animar; así, el Evangelio se vuelve cercano y concreto.
En la base o en el corazón de la comunidad, el amor de Dios sigue sosteniendo, interpelando, inspirando y motivando para anunciar el Evangelio del amor en el campo de la vida. El amor es el distintivo de los discípulos: «Así como yo los he amado, ámense unos a otros. Todos conocerán que son mis discípulos si se aman unos a otros» (Jn 13, 34-35).
Cuando el creyente ama y reconoce el rostro de Cristo en los demás, anuncia, con gestos concretos, el amor de Dios que continúa haciéndose vivo y cercano en medio de su pueblo. Que María, madre de Jesús y madre de la Iglesia, acompañe este caminar y enseñe a vivir con generosidad el amor a Dios y al prójimo.
+Jorge Concha Cayuqueo










