En estos días, como Diócesis de San José de Temuco, como pueblo de Dios que camina en esta tierra, estamos viviendo una gracia profunda y fecunda: la misión que tantos hermanos y hermanas están realizando en diversos lugares de nuestra diócesis. No se trata solo de una actividad pastoral más, sino de un signo concreto y luminoso del amor de Dios que sigue saliendo al encuentro de su pueblo, especialmente allí donde hay necesidad de esperanza, consuelo y cercanía.
Este amor es siempre primero. Un amor que toma la iniciativa, que llama gratuitamente y que impulsa a salir, a ir al encuentro del otro, a anunciar con la vida que Dios está presente y camina con su pueblo. Los misioneros no se envían a sí mismos; es el Señor quien los llama, quien los mueve interiormente y quien confía en ellos para llevar el Evangelio a hogares, comunidades, sectores rurales y urbanos, muchas veces marcados por la soledad, el dolor o la indiferencia.
El Evangelio según Juan (1,29-34) nos ofrece una luz profunda para comprender esta experiencia misionera. Juan el Bautista señala a Jesús y proclama: “Este es el Cordero de Dios”. La misión de Juan, lejos de ponerse él en el centro, es mostrar a Cristo, indicar el camino para llegar a Cristo, dar testimonio de Cristo que quita el pecado del mundo. Así también los misioneros, con sencillez y humildad, salen a señalar a Jesús, a hacerlo visible con gestos concretos de amor, escucha y servicio.
Juan reconoce que es el Espíritu Santo quien revela, quien consagra y quien envía: “He visto al Espíritu descender del cielo y permanecer sobre Él”. Toda misión auténtica nace y se sostiene en esta acción silenciosa y poderosa del Espíritu. No son solo palabras las que llevan los misioneros, sino la presencia viva del Espíritu Santo que los acompaña, los anima y los fortalece en cada encuentro, en cada visita, en cada oración compartida.
La misión que hoy vive nuestra diócesis es, por tanto, obra del Espíritu Santo. Es fruto del amor inmenso de Dios que sigue llamando y enviando, pero también de la respuesta generosa de tantos misioneros que, dejando sus comodidades, su tiempo y sus seguridades, han dicho sí al llamado del Señor. En ellos vemos cómo el Espíritu sigue actuando, formando corazones disponibles para una Iglesia que quiere anunciar, servir y amar como Cristo.
Damos gracias a Dios por este don precioso que son nuestros misioneros. Que el Espíritu Santo los acompañe cada día, los proteja y los renueve en su entrega, y que toda nuestra diócesis, iluminada por este tiempo de misión, renueve su ardor evangelizador y su disponibilidad para escuchar la voz del Señor y seguirlo con fidelidad, alegría y esperanza.
Mons. Jorge Concha Cayuqueo,Obispo Diócesis San José de Temuco








