Diócesis de Temuco

El Espíritu Santo, Señor y dador vida, renueva todas las cosas

Cristo resucitado hace posible que el Espíritu Santo habite en el ser humano, que impulse constantemente la renovación de su vida y misión, y que renueve la faz de tierra. 

El Señor había dicho a los apóstoles «les conviene que yo me vaya, porque si no me voy, el Paráclito (el Espíritu) no vendrá a ustedes. Pero si me voy lo enviaré» (Jn 16, 7), y también: «Yo enviaré sobre ustedes lo que mi Padre les ha prometido. Ustedes, por su parte, permanezcan en Jerusalén hasta que sean revestidos de la fuerza que viene de lo alto» (Lc 24, 49).  Esta  «promesa del Padre»«fuerza que viene de lo alto», hecha por Jesús a sus discípulos, se hizo realidad cincuenta días después de la resurrección, Pentecostés, mientras ellos se encontraban reunidos, junto a María, en espera confiada en las palabras del Señor, con esperanza y en mutua caridad. 

La venida del Espíritu Santo renovó a los discípulos individualmente y como comunidad, dándoles un impulso sorprendente, tanto para ellos como para los demás, lo que pasó a ser un testimonio frente a muchos hombres y mujeres. El Espíritu transformó a los discípulos y les dio una clara comprensión de lo sucedido con Jesús, de la historia de cada uno y de la historia de la que eran parte como pueblo de la Alianza y de la misión que desde ahora les correspondía continuar con la esperanza que les aguardaba. 

Lo sucedido en Pentecostés habilitó a los discípulos para llevar adelante la misión encomendada por el Señor. Si antes de Pentecostés ellos tenían miedo, no atinaban, estaban paralizados, el Espíritu les dio sabiduría, fuerza, una nueva la comprensión de todo y la parresia para salir, para ir, comunicar y superar las tantas dificultades.  

Es lo que muchas veces, si no siempre, necesitamos: los dones del Espíritu Santo, para que salga de nosotros lo mejor de cada uno, para construir, para servir, para entendernos, para que nuestro mundo, puesto en las manos de nosotros, hombres y mujeres, sea mejor. El Espíritu Santo es don ofrecido a todos, con el fin de hacer nuevas o renovar todas las cosas. Sin el Espíritu de Dios las cosas caducan, se instala la oscuridad, se cierran las posibilidades. Espíritu Santo nos ayuda a recrear, aunque sea tenuemente, la imagen de Cristo ante Dios y ante los demás.

El Espíritu Santo es el don divino que le permite a la Iglesia cumplir su misión. Por eso, y al igual que los discípulos reunidos en espera en Pentecostés, debe pedirlo siempre, a nivel personal y en cualquiera de sus expresiones de vida comunitaria, para que inspire, sostenga y oriente nuestra vida y misión. Pero Dios que quiere que todos alcancen la plenitud de la vida, ofrece a todos este don precioso de sí.     

Pidamos al Padre y al Hijo que nos den el don del Espíritu a los hijos e hijas de esta nuestra tierra, nuestra región y todo Chile, para que haya una verdadera renovación, de mente y corazón, según el querer de Dios.