En estos días en que nuestro país se une una vez más en torno a la Teletón, deseo invitar a toda la comunidad a mirar con profundidad el valor de la solidaridad. Esta obra, que por décadas ha movilizado a Chile, nos recuerda que cuando extendemos la mano al hermano que sufre, entonces, sintonizamos con el corazón de Jesús. La rehabilitación de tantos niños y adultos con discapacidad ha sido posible gracias al compromiso generoso de miles de chilenos que creen que nadie debe quedar atrás.
Quienes viven alguna limitación física no solo muestran una admirable fuerza interior, sino también una confianza que conmueve. Nos demuestran que es posible superar obstáculos que a veces parecen imposibles, más aun cuando se cuenta con el apoyo y el cariño de la comunidad, y más aún si para ello invocamos la ayuda de Dios. A esto nos animan las palabras del apóstol Pablo: «Todo lo puedo en Aquel que me fortalece» (Flp 4,13).
Pero la solidaridad que Cristo nos pide va más allá. No solo hay heridas del cuerpo; también existen dolores del alma: soledad, pobreza, abandono, incertidumbre. El Señor nos recuerda: «Tuve hambre y me diste de comer… estuve enfermo y me visitaste» (Mt 25,35-36); podríamos agregar tantos otros rostros: estuve invisivilizado y me miraste y me reconociste, estuve perdido por el mundo y me ayudaste a regresar al hogar, y tantos más. Cada gesto de cercanía es una obra de misericordia que ilumina la vida de los demás y la propia, porque el amor es luz que ilumina a todos y a todo.
El Papa Francisco nos dijo que “la solidaridad es una respuesta concreta al amor de Dios” y que “la fe auténtica siempre implica un profundo deseo de cambiar el mundo”. La caridad no puede reducirse a un sentimiento pasajero; es un compromiso permanente con la dignidad de cada persona, especialmente con quienes cargan cruces más pesadas.
Que esta Teletón y otras obras de humanidad y amor despierten en nosotros un renovado espíritu de fraternidad. Que no solo nos movilicen un determinado día, sino que impulsen una cultura del encuentro donde todos podamos ser instrumentos de la ternura de Dios. Cuando tendemos la mano al hermano, descubrimos que también el Señor nos sostiene.
Que Chile siga siendo una tierra donde el amor se hace obra concreta y donde nadie camina solo.
Que Dios nos bendiga y que la Virgen Madre interceda por todos.
Mons. Jorge Concha Cayuqueo,Obispo Diócesis San José de Temuco











