Nos acercamos a la celebración de la Navidad. El Adviento es un tiempo de espera confiada que nos lleva a recordar y a celebrar el nacimiento sencillo y humilde de Jesús, en la pequeñez de un pesebre, hecho que ilumina al mundo entero con el amor de Dios. Al mismo tiempo el adviento nos invita a disponernos en actitud vigilante, a la espera de la venida definitiva del Señor como Juez y Señor de la historia.
El Evangelio según Lucas dice: «la gente comía y bebía, compraba y vendía, plantaba y edificaba» (Lc 17, 28). Así como en tiempos lejanos del pasado, constatamos hoy que con cuánta facilidad la gente se “marea” de tanta exterioridad, dejando de lado lo que es más importante. Jesús ante la pregunta del hombre sobre cuál es el mandamiento más importante, le responde que es “el amor a Dios por sobre todas las cosas” (cfr. Mt 22,37); en la casa de Marta y María, Jesús dice a Marta: «Marta, Marta, tú te preocupas y te inquietas por muchas cosas, pero una sola es necesaria. María eligió la mejor parte, la que nunca le será quitada» (Lc 10, 42). María lo escuchaba a Él.
Es evidente que en este tiempo previo a la Navidad, el regalar cosas materiales se toma el protagonismo. La sociedad actual en gran parte olvida que el alma de todo esto es Jesús, quizás porque efectivamente para muchos no lo es. Hasta las ideologías manifiestamente contrarias, se encuentran en la práctica de un materialismo que se hace una verdadera cultura. Familias que se reconocen cristianas también olvidan a Jesús; hay padres cristianos que no hablan de Jesús a sus hijos en esta fecha. Es justamente lo que quieren los que no creen, los que quizás desean que Jesús sea cada vez menos relevante en la historia humana. En muchos lugares es más importante el arbolito destellante de luces y regalos, que el Pesebre con Jesús, María y José, que evoca un nacimiento humilde y a la vez grandioso por la presencia del Salvador.
Jesús es salvación. Pedro dice: «en ningún otro hay salvación, y en todo el mundo no se le ha dado a la humanidad otro Nombre por el cual podamos salvarnos» (Hech 4,12) y Pablo: «Por eso Dios lo exaltó y le otorgó el Nombre que está sobre todo nombre, para que, ante el nombre de Jesús, caigan de rodillas todos los seres del cielo, de la tierra y de debajo de la tierra, y toda lengua confiese: ‘¡Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre!’» (Fil 2, 9-11).








