Escribe: mons. Jorge Concha Cayuqueo, obispo Diócesis San José de Temuco
Los cristianos católicos recibimos estas palabras de Jesús como un verdadero mandato, y, junto con admirar y agradecer la excelencia del don precioso del Cuerpo y la Sangre del Señor, dado a sus apóstoles y a perpetuidad, acogemos y agracemos la presencia y cercanía del «Dios-con-nosotros» que se manifiesta continuamente. Dios envió a su Hijo por amor y se hizo hombre en María, y por amor fue obediente hasta el extremo, es decir, hasta dar su vida por todos en la cruz. Sacrificio verdadero y redentor del «Cordero de Dios que quita el pecado del mundo».
El Cuerpo y la Sangre del Señor expresan esa entrega de Dios por todos. Por eso todos podemos acceder al bien supremo que promete: la vida eterna. Jesús lo dice: «Quien come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día… EL que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él» (Jn 6, 54 y 56). Hay una exigencia: hay que reconocerlo y creer en Él. El Evangelio de Juan dice: «les aseguro que el que cree en mí tiene vida eterna. Yo soy el pan de la vida” (Jn 6, 47).
La acogida de este don demanda expresiones exteriores de comunión, con la palabra, el testimonio, la participación, pero es fundamental la comunión interior con Jesucristo y su Evangelio que renueva el corazón y la mente, es decir el sentir, el pensar, el discernir, y de ahí, salen las exterioridades, que fundamentalmente se relacionan con el amor al prójimo, en especial, con los más desvalidos, los pequeños, los más desamparados, los descartados a causa de nuestro progreso y de nuestra justicia. Entre los desamparados, que sufren las actitudes depredadoras del hombre, también está nuestra casa común, nuestra tierra y toda la creación. Respecto del amor al prójimo, Juan es muy claro: «Si alguien dijera: “Amo a Dios”, pero aborrece a su hermano, sería un mentiroso, porque quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve. Este es el mandamiento que recibimos de Él: que quien ama a Dios ame también a su hermano» (1Jn 4, 20-21).
La conmemoración del sacrificio de Cristo en la Cruz en la Eucaristía, dejado como un don precioso a la Iglesia, nos recuerda constantemente el motivo de su entrega que nos reconforta: el amor. Por eso, la Iglesia reconoce en ella la “fuente y culmen de toda la vida cristiana”; fuente inagotable de vida y amor, ejemplo al que debemos aspirar en el camino de la vida y promesa que con la ayuda de la gracia divina esperamos alcanzar. Cristo se nos da en la Eucaristía, es el sacramento de nuestra fe.
El amor de Dios que ha sido derramado en el corazón de los hombres y mujeres se expresa de muchas maneras, también en la sabiduría, el respeto y reverencia a la creación siempre presente en nuestro pueblo mapuche, que celebra el año nuevo o wiñol tripantu, que a su vez nos recuerda el profundo vínculo vital que nos hermana a la madre tierra, a la creación y a sus estaciones, que nos sostiene y sustenta.
Sólo el amor de Cristo, «el sol que nace de lo alto», nos hace vernos y tratarnos como hermanos, nos une y nos abre horizontes de esperanza. Que este nuevo año de renovación de la naturaleza, nos regale la fraternidad que Jesús nos enseñó, reconociéndonos en las diferencias pero amándonos como un solo pueblo de Dios.










