Escribe: mons. Jorge Concha Cayuqueo, obispo Diócesis San José de Temuco
Este domingo, la Iglesia celebra la Ascensión del Señor, una solemnidad que nos invita a mirar al cielo, pero con los pies en la tierra. El Evangelio de san Lucas 24, 46-53, relata cómo Jesús, después de instruir a sus discípulos sobre su misión, fue llevado al cielo. Lejos de ser una despedida triste, este momento está lleno de sentido y esperanza. Los discípulos regresan a Jerusalén «con gran alegría», y es esta alegría la que debe distinguir a los jóvenes como verdaderos testigos de esperanza.
El mundo actual, marcado por crisis sociales y ecológicas, donde la fragilidad de muchas estructuras que antes parecían firmes se desvanece, nos motiva el mensaje de la Ascensión como una fuerza renovadora. Jesús asciende, pero no se aleja. Promete el Espíritu Santo y confía en sus discípulos para que continúen su obra.
Ese mismo llamado resuena hoy especialmente en el corazón de los jóvenes. En un mundo que muchas veces los etiqueta como indiferentes o desinteresados, ellos están llamados a ser testigos de un amor más grande, de un Cristo vivo que transforma la historia.
Ser «testigos de esperanza» no significa negar las dificultades, sino enfrentarlas con fe, creatividad y compromiso. Muchos jóvenes en nuestras comunidades, y más allá de ellas, trabajan silenciosamente por un mundo mejor: en voluntariados, en movimientos sociales, en parroquias, e simplemente en su entorno cotidiano. Son esos pequeños grandes gestos, como: acompañar a un compañero en crisis, cuidar la creación, luchar por la justicia, tender la mano al que sufre, promover la paz y el entendimiento con cercanía y con obras, levantando capillas o casas, expresando solidaridad de tantas formas, llevando alegría a otros. Ellos anuncian que Cristo no está ausente, sino presente a través de ellos. Podemos decir con toda certeza que los jóvenes no son el futuro de la Iglesia: son su presente vivo y activo.
La Ascensión del Señor no invita a evadir la realidad, sino a conectarse con ella desde lo alto: desde una mirada trascendente y valiente. En lugar de quedarnos «mirando al cielo», el texto del Evangelio nos impulsa a movernos, a misionar, a construir comunidad. Y en este tiempo tan necesitado de sentido y propósito, la voz y el testimonio de los jóvenes son más necesarios que nunca.








