En la vida diaria vemos cómo muchas mujeres poseen una admirable capacidad para afrontar las dificultades con sabiduría y determinación. Son mujeres resolutivas, dialogantes, capaces de tender puentes y de ayudar a encontrar caminos de solución allí donde aparecen los problemas. En medio de un mundo marcado por tensiones, conflictos y guerras cuyas consecuencias traspasan fronteras y afectan a tantos pueblos, son innumerables las mujeres que, con su oración perseverante y su compromiso cotidiano, trabajan silenciosamente por la paz. Desde lo profundo del corazón y en gestos concretos de solidaridad y reconciliación, ellas siembran esperanza y nos recuerdan que la paz comienza en cada gesto de amor, escucha y servicio.
En el marco del Día Internacional de la Mujer, este 8 de marzo, deseo detenerme con gratitud para reconocer el inmenso valor que la mujer tiene en nuestra sociedad, en nuestras familias y también en la vida de la Iglesia. La mujer es un don precioso de Dios: portadora de vida, de ternura y de una vocación de servicio que transforma el mundo muchas veces de manera silenciosa, pero profundamente fecunda.
La historia de la salvación nos ofrece el ejemplo más luminoso en la Virgen María. En ella contemplamos la grandeza del corazón femenino que sabe escuchar, confiar y entregarse al plan de Dios. Su sí generoso abrió las puertas a la encarnación del Hijo de Dios y nos recuerda la capacidad única de la mujer para acoger y custodiar la vida. María es modelo de fe, de servicio humilde y de esperanza para la humanidad.
En cada familia, la presencia de la mujer es fundamental. Con frecuencia es ella quien sostiene la unidad del hogar, educa en la fe y transmite valores que dan sentido a la vida. Con paciencia y fortaleza, enfrenta las dificultades y abre caminos, mostrando esa capacidad tan propia de transformar los problemas en oportunidades de encuentro y crecimiento.
También quiero expresar especial gratitud a tantas mujeres que sirven al Señor en la vida de la Iglesia. En nuestras parroquias y comunidades ellas mantienen viva la fe, acompañan, organizan y sostienen la misión con generosidad y amor por las personas.
El Evangelio mismo nos recuerda la dignidad y la importancia de la mujer. Jesús rompió muchas barreras de su tiempo al acercarse a ellas con respeto y misericordia. Recordemos cuando dijo: “Tu fe te ha salvado; vete en paz” (Lc 7,50), o cuando afirmó ante Marta: “Yo soy la resurrección y la vida” (Jn 11,25), confiándole una profunda revelación de su misión. También fueron mujeres las primeras en anunciar la alegría de la Resurrección.
En este día agradecemos a Dios por cada mujer, que el ejemplo de la Virgen María inspire siempre su vocación de amor y servicio, y que como Iglesia sepamos reconocer y valorar el gran aporte que ellas hacen a la vida del mundo y del Evangelio.
+ Jorge Concha Cayuqueo, OFM, Obispo de Temuco








