«Yo soy la resurrección y la vida” es la revelación central que Jesús hace de sí y es la que fundamenta la adhesión creyente al Hijo de Dios e ilumina lo que celebramos en estos días.
Con oración y recogimiento hacemos recuerdo solemne, en una sola celebración, de Todos los Santos y Conmemoramos a los Fieles Difuntos. Una vez más, la Iglesia nos invita a mirar con fe el misterio de vida y la muerte. No son contrarios, sino parte del mismo camino hacia Dios. En la fe, comprendemos que la muerte no es un final, sino el nacimiento a la vida eterna, donde la existencia alcanza su plenitud en el amor del Padre.
“La vida no termina, sino que se transforma”.
Cuando rezamos por nuestros difuntos, no solo recordamos su paso por la tierra, su vida y su amor, sino que afirmamos con fe que viven en Dios, en esa comunión que une el cielo y la tierra. Cristo con su Palabra, sus obras y su Resurrección expresa lo que muy humana y profundamente anhelamos e intuimos: lo más grande, bueno y bello del ser humano, la vida, el amor, el pensamiento no se pueden perder. Pero eso es sólo gracias a Él: «El que creen mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí no morirá para siempre» (Jn 11, 25 y 26) Entonces, los que lo han reconocido a Él viven en la eternidad del amor divino y no están lejos.
En el corazón de todo cristiano habita la esperanza de que, al cerrar los ojos en este mundo, los abrimos en la luz de Dios. Es el encuentro definitivo con Dios que nos amó primero, que nos envió a su Hijo para que, dando su vida, nosotros lleguemos a la vida en abundancia. Para ello, Jesús mismo dice: «Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre si no es por mí» (Jn 14, 6).
El corazón humano sufre ante la separación, y es natural sentir el vacío de la ausencia. Pero la fe nos invita a mirar más allá del dolor, a creer que nuestros seres queridos descansan en paz, que están envueltos en la ternura infinita de Dios. Allí no hay tiempo ni distancia, solo amor que perdura y esperanza que ilumina.
A quienes hoy sienten soledad o tristeza por la partida de un ser amado, los invito a hacer oración como el mismo Señor nos invita: «Dios les concederá todo lo que pidan con fe en la oración» (Mt 2122) y en Juan dice: «Y yo haré todo lo que pidan en mi nombre, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si ustedes piden algo en mi nombre, yo lo haré» (Jn 14, 13 y14). Confianza en la misericordia de Dios que perdona y acoge a nuestros seres queridos. En Él encontramos serenidad y esperanza: saber que ellos viven, y que nosotros también caminamos hacia esa misma meta de amor eterno.
Que nuestros hermanos, los Santos, que reconocieron a cabalidad al Señor en esta vida y se entregaron totalmente a Él y a su Evangelio, y María nuestra Madre, intercedan por nuestros hermanos que duermen en la paz de Dios y por todos nosotros que aún peregrinamos.
+ Jorge Concha Cayuqueo, OFM
Obispo de la Diócesis de San José de Temuco











