En medio del ritmo acelerado de la vida actual, es frecuente hoy escuchar que la población de adultos mayores aumenta día a día de modo importante, por sobre los otros grupos etarios. Sin duda hay muchos factores que contribuyen a ello; una atención de salud más adecuada y oportuna, la alimentación es más rica en calidad, existen programas de apoyo desde instituciones estales y privadas.
Es bueno reconocer que detrás de cada persona mayor hay una historia, quizás una familia y un aporte invaluable a la sociedad, algunos y algunas son quienes dan animan las Iglesias. Son parte viva de nuestras comunidades y también de nuestros hogares. Pero también hay muchos adultos mayores que se quedan solos o solas por distintas razones.
Con demasiada frecuencia, esas historias quedan en silencio, relegadas a espacios donde la compañía escasea y la escucha no siempre tiene un espacio. La soledad afecta el ánimo e impacta profundamente en la salud, también en su dignidad cuando se padece como Iglesia presente en el territorio, a través de parroquias, capillas y el contacto con tantas familias, visualizamos en esta realidad un desafío urgente: asumir la preocupación y ocupación por personas mayores que viven en soledad. Creemos firmemente que “nadie debiera envejecer en soledad”.
Los adultos mayores que viven día a día solos, requieren un compromiso de todos nosotros, familiares, vecinos, amigos, cuyas acciones concretas pueden contribuir a un mayor bienestar, que es merecido por sus historias de vidas y porque solo son generaciones que van un paso más adelante que los adultos mayores.
Estamos llamados a fortalecer redes de apoyo, a promover una cultura del encuentro y a hacernos responsables unos de otros, especialmente de quienes más necesitan compañía y apoyo oportuno. ¿Qué podemos hacer? No siempre son cosas materiales, a veces requieren compañía, escucha, colaboración mínima. Lo importante es construir vínculos significativos, donde cada persona se sienta parte de una familia más amplia que no abandona ni olvida.
Cuidar a nuestros mayores es también cuidar nuestra propia humanidad. Es reconocer que la vida, en todas sus etapas, merece ser vivida con dignidad, afecto y sentido de pertenencia a una comunidad.
Que no falte nunca una palabra, una visita, una escucha atenta. Porque en cada persona mayor encontramos un rostro que nos interpela y nos recuerda que el amor, cuando se comparte, siempre multiplica su fruto. Te invito a mirar a tu alrededor y acercarte a los adultos mayores, puedes ser tú quien necesite ese apoyo más adelante.
+Jorge Concha Cayuqueo,OFM Obispo Diócesis San José de Temuco








