El Evangelio de san Mateo (13, 24-43) nos presenta la parábola del trigo y la cizaña. Jesús nos invita a contemplar un campo donde crecen juntos el bien y el mal, la esperanza y la adversidad. Es una imagen profundamente humana, porque también nuestra vida, nuestras familias y nuestra sociedad conocen esa convivencia permanente entre aquello que construye y aquello que hiere.
Sin embargo, el mensaje del Señor no se queda en describir la realidad. Nos llama a ser sembradores de buen trigo. Cada gesto de amor, de justicia, de solidaridad y de misericordia es una semilla que Dios hace crecer, muchas veces de manera silenciosa, pero siempre fecunda.
En estos días, Chile está siendo bendecido por el agua tan necesaria, porque es vital para toda la vida. Por esto no nos queda más que agradecer por la lluvia. Sabemos que algunas de las consecuencias, como las inundaciones, los deslizamientos de tierra, a muchas personas y sus familias, afectan negativamente la vida cotidiana, sobre todo de los más pobres. Pero esto no puede hacernos perder de vista lo importante que es el agua y sus beneficios para todos.
La parábola también nos enseña a no perder la esperanza cuando pareciera que la cizaña ocupa demasiado espacio. La violencia, aquella que nace del corazón del hombre, que opta por la violencia que daña al prójimo, podría hacernos pensar que el mal tiene la última palabra. Pero Cristo nos recuerda que la buena semilla continúa creciendo, porque Dios mismo se encarga de hacer su obra, misteriosa, fecunda, haciéndola germinar, crecer y dar un buen rendimiento, para bien de la vida y del amor.
Sembrar el bien significa comprender que la solidaridad no es un acto extraordinario reservado para unos pocos, sino una forma cotidiana de vivir el Evangelio. Cada emergencia pone a prueba el corazón de una sociedad. Podemos optar por la indiferencia, pensando que el sufrimiento pertenece a otros, o decidirnos a ser parte de la respuesta. Ninguna acción inspirada en el amor resulta insignificante cuando nace de un corazón dispuesto a servir.
Hoy más que nunca estamos llamados a ser el buen trigo para ser alimento que fortalece la vida de los demás. Porque cuando sembramos esperanza en medio de la adversidad, estamos colaborando con la obra de Dios y anunciando que, incluso después de la tormenta, siempre es posible volver a cosechar vida, fraternidad y esperanza.
+Jorge Concha Cayuqueo, obispo Diócesis San José de Temuco










