Diócesis de Temuco

Solidaridad: el legado vigente del Padre Alberto Hurtado

Cada 18 de agosto, Chile conmemora el Día Nacional de la Solidaridad, una fecha que invita a detenernos y preguntarnos quienes son, dónde están y cuánto hacemos por los más desfavorecidos de nuestra sociedad. En ese día recordamos al Padre Alberto Hurtado, sacerdote jesuita, cuya vida estuvo marcada por una profunda preocupación por la dignidad de cada ser humano y por el compromiso concreto con los más vulnerables.

La fecha recuerda su fallecimiento, ocurrido el 18 de agosto de 1952, y fue establecida oficialmente en 1994 como un reconocimiento a su vida y a su obra social. La Iglesia dedica todo agosto como el Mes de la Solidaridad, tiempo en el que nos dejamos animar especialmente con palabras y obras de Cristo en nuestro compromiso solidario, el queciertamente no se limita a un mes calendario, sino que en todo tiempo es una posibilidad concreta en nuestras opciones de vida personal, es expresión de la vitalidad de nuestras comunidades y está a la base de nuestras opciones y decisiones sociales más amplias.

Alberto Hurtado comprendió que la solidaridad no podía quedarse en las buenas intenciones. Para él, ayudar al prójimo significaba acercarse, escuchar, acompañar y actuar frente a las situaciones de pobreza, abandono e injusticia. Su mirada puso en el centro a la persona, especialmente a quienes la sociedad muchas veces dejaba al margen. Desde esa convicción nació en 1944 el Hogar de Cristo, una obra destinada a acoger y acompañar a personas en situación de pobreza y exclusión, y que con el paso de las décadas se transformó en una de las instituciones sociales más reconocidas de Chile.

El legado del Padre Hurtado trasciende en las instituciones que impulsó. Su mayor enseñanza está en hacer notar que la solidaridad parte del amor que abre a reconocer al otro igual en dignidad. El Padre Hurtado nos enseña que no solo se trata de entregar algo material a quien lo necesita, sino de construir vínculos, oportunidades y condiciones que permitan a cada persona desarrollar una vida digna. En ese sentido, la solidaridad también interpela a la sociedad sobre las causas de la pobreza y las desigualdades.

Una de sus expresiones más recordadas resume ese espíritu: “Dar hasta que duela”. La frase representa una invitación a que la ayuda implique generosidad verdadera, capaz de salir de la comodidad personal. También permanece vigente su pregunta “¿Qué haría Cristo en mi lugar?”, que plantea un desafío profundamente humano: preguntarnos qué decisión tomaríamos si realmente pusiéramos al otro en el centro de nuestras acciones.

Hoy, décadas después de su muerte, el mensaje de Alberto Hurtado conserva plena vigencia. Una pregunta sigue abierta: ¿qué estamos haciendo por los demás? Este tiempo especial de la Solidaridad nos recuerda que una sociedad más justa no se construye únicamente con grandes gestos, sino también con pequeñas acciones personales y comunitarias de empatía, respeto y compromiso. La solidaridad no consiste solamente en dar, sino en reconocer, acompañar y comprometerse.