El pasaje evangélico de san Mateo (21, 28-32) nos confronta con una realidad humana perenne a través de la parábola de los dos hijos. Al ser llamados por su padre a trabajar en la viña, uno se niega inicialmente pero recapacita y cumple con su deber; el otro asiente con presteza, pero jamás llega a la tarea. Con este relato, Jesús nos invita a mirar más allá de la retórica y a entender que la verdadera fe, al igual que el verdadero civismo, no se mide por las declaraciones públicas, sino por las obras concretas y la coherencia de vida.
En el marco del Día de la Oración por Chile, esta enseñanza adquiere una vigencia crítica. Vivimos en una época donde abundan los buenos deseos y los discursos elocuentes sobre el futuro del país; sin embargo, existe una brecha preocupante entre lo que proclamamos y lo que estamos dispuestos a edificar. La incoherencia entre el decir y el hacer erosiona los cimientos más profundos de nuestra convivencia, afectando directamente la confianza pública, la unidad nacional y la esperanza colectiva.
Chile no se construye con promesas vacías, sino con el compromiso cotidiano de sus habitantes. Elevar plegarias por la patria es un acto noble y necesario, pero estas carecen de fuerza transformadora si no están respaldadas por una conversión personal que impacte en lo social. La parábola nos recuerda que rectificar el rumbo siempre es posible. Esa actitud de humildad y rectificación es indispensable para sanar las fracturas de nuestro tejido social y avanzar hacia una ciudadanía más responsable.
El desafío actual de nuestra nación nos exige superar las diferencias legítimas para transformarlas en espacios de encuentro, cuidado mutuo y corresponsabilidad. Si queremos un país más justo, fraterno y pacífico, la oración debe ser el motor de la acción y el servicio. Pasar de las buenas intenciones a las obras es el único camino ético para garantizar el bien común y la solidaridad.
Que esta jornada de oración no se quede en un rito pasajero. Que sea el punto de partida para un cambio estructural que comience en el corazón de cada ciudadano y se refleje en nuestras instituciones. Con la esperanza puesta en el porvenir y bajo la intercesión de Nuestra Señora del Carmen, es hora de asumir el compromiso real de construir, entre todos, el Chile que tanto anhelamos.
+Jorge Concha Cayuqueo










