Diócesis de Temuco

La familia, pilar fundamental e irreemplazable

El Evangelio de este domingo, tomado de San Mateo (2, 13-15), nos presenta a la Sagrada Familia en uno de los momentos más complejos de su historia: la huida a Egipto. José, obediente a la voz de Dios, toma a María y al Niño Jesús en medio de la noche para proteger la vida amenazada por la violencia y el miedo. No es una escena idílica ni cómoda; es, más bien, el retrato de una familia que enfrenta la adversidad con fe, unidad y confianza en el Señor.

Este pasaje nos recuerda que la familia de Jesús, María y José no estuvo ajena al sufrimiento ni a las incertidumbres propias de la vida humana. Vivieron el desarraigo, el temor y la precariedad, realidades que hoy siguen marcando la vida de tantas familias en nuestra sociedad. Sin embargo, en medio de la prueba, permanecieron unidos, sostenidos por la fe y por un profundo amor que los mantuvo firmes ante la adversidad.

La familia es el primer espacio donde se aprende a amar, a perdonar y a confiar. Es el lugar donde se transmiten los valores fundamentales que dan forma a la persona y a la sociedad: el respeto, la solidaridad, la responsabilidad y la fe. En tiempos donde muchas familias enfrentan dificultades económicas, quiebres afectivos, enfermedades o incertidumbres laborales, el testimonio de la Sagrada Familia se vuelve especialmente cercano y esperanzador.

Hoy más que nunca, la familia sigue siendo un pilar inquebrantable de la sociedad, aun cuando se vea herida o golpeada por las dificultades de la vida. No existen familias perfectas, pero sí familias que luchan cada día por salir adelante, por cuidar a sus hijos, por mantenerse unidas y por construir espacios de paz en medio de un mundo agitado.

El Evangelio nos invita a mirar nuestras propias familias con misericordia y esperanza, a fortalecer los lazos de amor y a poner a Dios en el centro del hogar. Allí donde hay fe, diálogo y perdón, el Señor hace morada, se fortalecen las sentimientos de humanidad, el respeto por el otro, se desarrollan mejor las diversas sensibilidades que hacen crecer en armonía, y las mismas contrariedades de vida y el dolor se transforma en camino de salvación.

Dios tomó de María nuestra humanidad y el Hijo del Altísimo se hizo nuestro hermano, solo por amor; Dios también eligió una familia, formada por José y María, para que fuera la cuna de su Hijo amado, allí «crecía en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres» (Lc 2, 52), creciera en un ambiente de amor.