Diócesis de Temuco

Nos queda mucho por hacer en el cuidado de la Casa Común


Francisco de Asís recuerda una y otra vez que el cuidado de la creación constituye una responsabilidad que compromete a todos.

Su vida y su testimonio siguen interpelando a una humanidad que, en medio de grandes avances y posibilidades, también experimenta las consecuencias de una relación muchas veces desequilibrada con la naturaleza. La invitación a cuidar la “hermana madre tierra” no puede reducirse solamente a proteger los recursos naturales. Implica también aprender a vivir de una manera nueva, reconociendo que todo está relacionado y que el bienestar de las personas, de las comunidades y del planeta forman parte de una misma realidad.


El cuidado de la tierra está profundamente unido al cuidado y promoción de la fraternidad, al reconocimiento de la igualdad fundamental entre todas las personas y a la dignidad que cada ser humano recibe de Dios. Allí donde existe desprecio, indiferencia, pobreza extrema, exclusión o violencia, también se debilita la posibilidad de construir una verdadera cultura del cuidado. Por eso, cuidar la Casa Común significa también cuidar la vida, especialmente la de quienes se encuentran en situaciones de mayor vulnerabilidad.


El cuidado de la “hermana madre tierra” está igualmente unido al cuidado de la paz. Ser constructores de paz significa asumir un compromiso que comienza en el interior de cada persona y que luego se proyecta hacia la familia, la comunidad y la sociedad. La paz requiere deseo, búsqueda y disposición permanente para abrir caminos de diálogo y construir  redes que favorezcan el encuentro y el entendimiento. En una sociedad marcada tantas veces por la confrontación, la desconfianza y las divisiones, cada gesto de reconciliación adquiere un valor especial.


Una fuerza impulsora para ser verdaderos artesanos de paz será la paz interior. Una paz que no significa ausencia de dificultades, sino la capacidad de vivir reconciliados consigo mismo, con Dios y con los demás.  Para el creyente, esa reconciliación encuentra su fundamento en Jesucristo, quien, mediante su muerte y resurrección, revela el amor de Dios y abre un camino de esperanza. En Cristo se encuentra el fundamento para una fraternidad que no excluye, para una paz que no se construye desde la imposición y para un compromiso responsable con toda la creación.


San Francisco de Asís, en un tiempo de cambios profundos, contradicciones y perplejidades, descubrió con una libertad asombrosa un camino diferente. La opción por la pobreza y la sencillez, que tantas veces provocó incomprensión y desaprobación, le permitió acercarse de una manera extraordinaria a Dios, a las personas y a toda la creación. En su mirada, cada criatura podía ser reconocida como hermana y como parte de una obra que tenía su origen en el Creador.


A 800 años de su muerte, el 3 de octubre de 1226, la Iglesia y la humanidad recuerdan y agradecen a Dios el gran regalo que significó Francisco de Asís. Su testimonio continúa siendo una invitación urgente a revisar la manera en que se vive, se consume, se relaciona y se habita el mundo.


Todavía queda mucho por hacer en el cuidado de la Casa Común. Queda mucho por aprender sobre fraternidad, sobre solidaridad, sobre paz y sobre responsabilidad. El ejemplo de Francisco de Asís puede seguir inspirando una relación más respetuosa con todas las personas, con la tierra y sus elementos, y con Dios, creador, y su hijo Jesucristo,  salvador y Señor. El desafío permanece abierto: cuidar la creación es también cuidar la vida, y cuidar la vida es reconocer que todos formamos parte de una misma casa y estamos llamados a protegerla para las generaciones presentes y futuras.

Paz y Bien

+Jorge Concha Cayuqueo