Agosto es, para Chile, mucho más que un mes del calendario. Es el Mes de la Solidaridad, una invitación a mirar más allá de nuestras propias necesidades y a descubrir el rostro del otro, especialmente de quien más sufre. Es un tiempo que nos recuerda que una sociedad verdaderamente humana se construye cuando cada persona se siente responsable del bienestar de los demás.
La solidaridad no consiste únicamente en realizar gestos de ayuda ocasionales. Es una forma de vivir que nace de la convicción de que todos estamos profundamente unidos. Cuando una persona enfrenta la pobreza, la enfermedad, la soledad o la exclusión, toda la comunidad se ve interpelada. No podemos permanecer indiferentes frente al dolor ajeno, porque el sufrimiento de un hermano también nos compromete.
En este contexto, adquiere especial relevancia la realidad de tantos adultos mayores que viven en soledad. Muchos de ellos han entregado una vida entera al servicio de sus familias y de la sociedad, y hoy esperan una visita, una conversación o simplemente la certeza de que no han sido olvidados. La solidaridad comienza precisamente allí: en la capacidad de regalar tiempo, escucha y cercanía. A veces, el mayor acto de amor consiste simplemente en estar presentes.
Pero la solidaridad también nos invita a ampliar nuestra mirada hacia la creación. El cuidado de la casa común es una expresión concreta del amor al prójimo, porque el deterioro del medio ambiente afecta con mayor dureza a los más vulnerables y compromete el futuro de las nuevas generaciones. Cuidar el agua, proteger nuestros ecosistemas, consumir responsablemente y valorar la naturaleza son acciones que reflejan una auténtica responsabilidad compartida. La solidaridad no solo mira el presente; también piensa en quienes vendrán después de nosotros.
En este Mes de la Solidaridad, el padre Alberto Hurtado Cruchaga ilumina nuestro camino con una fuerza extraordinaria. Su vida fue un testimonio de amor concreto hacia los más pobres, convencido de que la fe debía traducirse en obras y que la dignidad de cada persona debía ser defendida sin condiciones. Su permanente pregunta, “¿Qué haría Cristo en mi lugar?”, sigue siendo una invitación vigente a transformar la compasión en compromiso y la buena voluntad en acciones concretas.
El legado de san Alberto Hurtado permanece vivo cada vez que una comunidad se organiza para ayudar, cuando un vecino acompaña a quien está solo, cuando un joven dedica parte de su tiempo al servicio o cuando una familia educa a sus hijos en la generosidad y el respeto por la creación. La solidaridad deja de ser un concepto para convertirse en una cultura capaz de transformar la sociedad desde lo cotidiano.
Que este mes sea una oportunidad para renovar nuestro compromiso con los demás y que las palabras de Cristo y su ejemplo, sean ahora y siempre una motivación para nuestras vidas.
+Jorge Concha Cayuqueo










