Diócesis de Temuco

Educar es abrir caminos de esperanza

Una sociedad se mide no sólo por su crecimiento económico o sus avances tecnológicos, sino también por la capacidad que tiene de cuidar a sus niños y jóvenes. Cada estudiante que permanece en la escuela representa una oportunidad para construir un mejor futuro; cada adolescente que abandona las aulas es un llamado de atención que interpela a toda la comunidad.

Las  cifras sobre la disminución de la desvinculación escolar en La Araucanía constituyen una noticia alentadora. Que la región haya logrado reducir este indicador por debajo del promedio nacional demuestra que los esfuerzos comienzan a dar resultados. Sin embargo, detrás de cada porcentaje existe una historia de vida, una familia y un joven que enfrenta dificultades que muchas veces van mucho más allá del ámbito educativo.

Cuando un estudiante abandona la enseñanza media, no solo deja de asistir a clases. En muchos casos comienza un proceso de vulnerabilidad marcado por el trabajo informal, responsabilidades familiares asumidas precozmente, problemas de salud mental, ansiedad, depresión, rezagos en los aprendizajes o una profunda pérdida de motivación. En situaciones más complejas aparecen el consumo de drogas, la violencia y la exclusión social.

Por ello, la respuesta no puede limitarse a contabilizar estadísticas. Se requiere una intervención temprana, cercana y permanente. La prevención debe transformarse en un eje prioritario, fortaleciendo la convivencia escolar, el cuidado de la salud mental, la recuperación de aprendizajes y los programas de asistencia y revinculación educativa. El acompañamiento personalizado, el seguimiento de los estudiantes con ausentismo y la coordinación entre establecimientos educacionales, familias y redes de apoyo son fundamentales para evitar que un joven quede definitivamente fuera del sistema.

La responsabilidad es compartida. La familia sigue siendo el primer espacio donde se aprende el valor de la educación y el compromiso con el futuro. El Estado tiene el deber de garantizar oportunidades reales de acceso, permanencia y aprendizaje. Los establecimientos educacionales, los municipios y las comunidades también deben fortalecer las redes de apoyo que permitan actuar antes de que la desvinculación ocurra.

La educación debe comprenderse desde una mirada integral. No basta con enseñar contenidos; es necesario formar personas capaces de desarrollar sus talentos, fortalecer su autoestima, aprender a convivir y descubrir que su vida tiene un propósito. Educar también significa transmitir aquellos auténticos valores que forman parte del entramado cultural de una comunidad, fortaleciendo la identidad, el sentido de pertenencia y el respeto por las tradiciones que dan consistencia a la persona.

Más allá de las distintas visiones sobre el desarrollo humano, resulta indispensable reconocer que la formación de niños y adolescentes no puede prescindir de sus dimensiones afectivas, culturales, espirituales y valóricas. Cuando estos pilares se debilitan, los jóvenes quedan más expuestos a la desorientación, la pérdida de sentido, diversas formas de vulnerabilidad y la anomia. En este desafío, la familia ocupa un lugar irremplazable como primera escuela de valores y responsabilidad, tarea que debe ser acompañada por los establecimientos educacionales y por toda la comunidad, asumiendo cada uno el papel que le corresponde en la formación integral de las nuevas generaciones.

La Araucanía enfrenta un desafío que aún está lejos de resolverse. Disminuir la deserción escolar no consiste únicamente en mejorar indicadores. Significa proteger el futuro de cientos de adolescentes y ofrecerles la posibilidad de construir un proyecto de vida digno. Cuando una comunidad logra que ninguno de sus jóvenes quede atrás, no solo fortalece su sistema educativo: fortalece también la esperanza, la justicia social y el desarrollo de toda la región.

+Jorge Concha Cayuqueo, obispo Diócesis San José de Temuco